
Hay días en los que no entra en la ventana ninguna luz, no se cuelan por el fino vidrio esos rayos brillantes reconfortantes que te alumbran la cara y te hacen sonreír, que te muestran un cielo limpio, unas nubes tímidas. Hoy es uno de esos días.
Siete en punto, persianas bajadas, el despertador sigue sonando, su pitido se pierde en el silencio de la gran habitación sin ningún ser vivo alterado intentando apagarlo. Justo al pie de la cama una brillante amapola destaca encima de las grises mantas que se amontonan en el suelo, agitadas y removidas. En la mesilla una única foto, marco desgastado, color amarillento y vidrio roto. Una muchacha con una niña morena de unos 6 años aparecen sonriendo en lo que parece una montaña cercana. A su lado hay una pulsera fina de plata, con un gravado “Siempre en mi corazón”, rota por el paso del tiempo.
Alguien perturbo la calma de aquella casa, un corazón palpitaba rabioso y descontrolado en el interior, la vieja madera crujía a su pies mientras se dirigía hacia la habitación. El picaporte giro con lentitud, mostrando el miedo que sentía al entrar en ella. La luz se coló por la gran obertura de la puerta, por fin se había hecho la luz y mientras esta alumbraba los viejos recuerdos alguien corría eufórico hacia el marco envedijo de aquella foto. Lo sostuvo en sus manos con fuerza y lo alzo en el aire, haciendo un gran esfuerzo por no romperlo de la emoción. La alegría estallaba en lágrimas que mojaban la desgastada camiseta que llevaba puesta mientras un ruidoso jadeo penetraba el denso silencio.
“Están vivas” pensó el hombre ahora sentado en la cama “Y me estaban esperando”
Saco la foto de su viejo lugar y la guardo frenético en el bolsillo de su chaqueta, “Las encontraré”, dicho esto salió a todo correr de aquella vieja casa, tras haber encontrado algo que le había devuelvo todo lo que perdió.
Una vez más la luz a alumbrado la oscura vida de alguien, abre la ventana, deja que entre la luz.
©Texto original escrito por Miяiam


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