¿estás preparado?


1 ago 2009

2. Cosas nunca dichas.

Puse la bandeja en la mesa y me senté en mi mullido sillón color crema que estaba en frente del suyo. Desde que entró, el silencio había sido nuestro recurso para evitar las palabras, y los suspiros una pausa a sus interminables miradas de arrepentimiento. Fui yo la primera en hablar.

―¿Un terrón o dos?

Me miró sorprendido, y cohibido contesto en un susurro apenas audible.

―Dos…

Coloqué la taza de té en el extremo de la mesa y tras coger mi café le lancé una advertencia.

―Si cuando acabes ese té no has hablado me veré en la obligación de invitarte a salir.

Dejó la taza de té en la mesa de nuevo, se enderezó e inició su historia.

―Blair he de contarte algo que quizá no te guste, pero creo que tienes derecho a saber la verdad, porque creo que tu…madre- pronunció esta palabra seguida de un mohín- te mintió respecto a ti y respecto a mí.

Dejé la taza de café en la mesa con una expresión herida.

―Mi madre nunca me mentiría, jamás te quitaría el puesto-dije contundente.

Brad me miró con una mirada afectada.

―Blair, atacándome sin razón ni conocimiento no conseguirás descubrir la verdad.

Bajé la mirada, avergonzada pues tenía mucha razón, no sabía nada.

―Perdón, sigue.

Suspiró antes de volver a hablar.

―Yo tenía 17 años cuando tu madre te dio a luz. No supe de su embarazo, porque ella era muy orgullosa y mala, y en ese entonces creía que podía mantener el control y cuidarte ella sola sin mi ayuda. Un día vino a mi caso contigo en brazos y con una huella de tristeza en la mirada, yo sonreí a su visita, pues estaba alegre de tener una hija, pero cuando fui a cogerte ella se aparto y me dijo que me despidiera de ti, porque su madre la había obligado a darte a un orfanato. Tu abuela era una importante mujer de sociedad, y según me dijo tu madre, no podía permitir que su hija mancillará el nombre de la familia.

Parpadeé incrédula. Creo que mis ojos se pusieron vidriosos, pero contuve las lágrimas lo mejor que pude.

―¿Y cómo sé que no mientes?

Brad se frotó la cara con nerviosismo y rebuscó en su chaqueta.

―Ten.

Cogí la foto. Cuando acabé de mirarla lo único que podía hacer era temblar.

―Que...

-Esa eres tú. Cuando tu madre me dijo eso te busqué en todos los orfanatos de las ciudades cercanas. Puesto que no tenías nombre, tuve que decirles que buscaran a una niña de ojos verdes y pelo color azabache. Esa foto me la hizo la monja del orfanato en el que te encontré. No tenias todavía el año.

Le miré de nuevo, ahora llorando, y arrepentida de haberle juzgado antes de tiempo.

―Tú... ¿tú me salvaste?

Brad… digo mi padre, me sonrió cálidamente antes de contestar.

Sí pequeña, sí.

No puede contener mi impulso, me levanté y me lancé a sus brazos. El me apretó con toda su fuerza. Los dos llorábamos.

―Cariño hay más cosas que nunca te dijeron.

Me separé un poco de él y me perdí en mis pensamientos. Cuantas cosas había creído, y cuantas cosas me faltaban por saber.

la felicidad llega en cualquier momento, aunque sea tarde..

5 comentarios:

m a r i e dijo...

si, esa ultima frase es realmente una VERDAD.

Pluma de fuego dijo...

muy buena la ultima frase, es el colofón

***Pr!nCe$$ ºf Swe3t P@!n*** dijo...

Nada mas que decir, esa frase dice una gran verdad.

Álvaяo dijo...

Me conmovió.

Elizabeth Winter dijo...

Me encanta, aunque ya sabes que me pasa con las faltas que me dan un no-se-qué que me vuelven loca, así que cuando te conectes te destacaré las que he visto, aun así...

¡¡GRANDIOSO!!

Lo ves, me habría arrepentido si hubiese echo lo que dije: echarle directamente de la estancia.
Oh, que bonito, a ver que más acaba por contar, ¿no?

Michelle, Misha, Mimy, TÚ; sigue ya o prometo cortarte el pescuezo de forma lenta y dolorosa, ¿estamos?
Haha.




Te quiero.

Liza Winter.