
Iba justo detrás de él. Podía ver como el sudor corría por su cuello, y como su armadura relucía ante el sol vespertino. Eran más de mil hombres, que se dirigían hacia su última batalla, la que les abriría la puerta al edén de los dioses, la que les daría el honor que tanto perseguían. Hoy era ese día.
El campo de batalla era una extensión infinita de tierra anónima, que pronto llevaría su nombre, el de ÉL. Los rivales, unos salvajes persas.
Observándole de nuevo recordé con melancolía la noche anterior, en la que él la había tomado entre sus brazos y le había dicho “Te amo”. Nunca olvidaría esas palabras, pues las había gravado con fuego en su memoria, y aunque su recuerdo se borrará con el paso de los tiempos, jamás podría olvidar sus labios pronunciar esas palabras.
Nadie sabía que ella estaba allí, y si lo descubrieran probablemente la matarían. Pero no quería separarse de él, no podría soportar vivir sin él sus últimos suspiros de vida. No, quería estar ahí cuando él se fuera, dejándola sola en un mundo todavía por descubrir. Contuvo sus lágrimas.
Lo único que se oía era la marcha infernal de los soldados hacia el frente. Justo delante de nosotros los enemigos cargaban sus arcos, cargados con miles de flechas puntiagudas, dolorosamente brillantes. Nos detuvimos. Al grito del comandante todos empezaron a correr. No recuerdo muy bien como sucedió, pero el hombre que estaba a mi lado fue alcanzado por una de ellas y cayó de bruces al suelo, acompañado por un estridente chillido de dolor.
Empezó así la esperada batalla con la que podían hacer historia. Pero no estaba asustada. Desde pequeña había estado practicando con la lanza de su hermano, aunque mis padres no lo aprobasen. Pero mi hermano, viendo que no cesaba en el empeño, me enseño algunas cosas en secreto.
Los persas caían paulatinamente bajo la rabia de mi espada, que se movía violentamente. Su sangre recubría mi cuerpo, haciéndome sentir poderosa y fuerte. Entonces lo vi.
Mi amado estaba de rodillas al rey de los persas, tapando con su mano una herida que tenía en el brazo. Corrí a hacia donde él estaba, y como cargada de una ira repentina e intensa, le rasgue el muslo a aquel salvaje. Él me miró sorprendido mientras le ayudaba a levantarse y tanteaba su herida. Su cara dio un cambio brusco y me giré. El rey persa había vuelto a levantarse.
-¿Quién te crees que eres? Ningún hombre puede matarme, yo soy Arnés el rey de los persas. ¡Desearas no haber nacido bastardo!
Me deshice de mi casco. Mi pelo rubio se amontono en mis hombros. Arnés me miró con asombro mientras yo gritaba ferozmente:
-Pues yo no soy un hombre
Penetré su pecho con mi espada, introduciéndola hasta el fondo. La sangre brotaba de sus labios. El alma se evaporo de sus ojos mediante un último suspiro mientras su cuerpo cayó a la tierra levantando una nube de polvo.
Me giré lentamente. Él me miraba con los ojos como platos. Me cogió de los hombros.
-¿Qué haces? ¿Te has vuelto loca? Salgamos de aquí ¿O es que pretendes morir hoy?.. yo.. te quiero. Emmm - su cara enrojeció- salgamos de aqui.
Le sonreí. Me sonrió. Ahora mirándole a los ojos supe que estaríamos juntos siempre.
Nunca es bueno darlo todo por amor. Excepto cuando estás segura de que ganarás la batalla o morirás. Con honor.


2 comentarios:
Esos últimos versos lo dijeron todo. Sorprendido nuevamente, al pasar por aquí. Sos genial!
Saludos!
Exactamente.. morir con honor en todo caso..
Me encanto.. me hizo acordar mucho a una escena de El Señor de los Anillos,
Besos!
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