¿estás preparado?


13 jun 2009

Sin aire


Lo recordaba. Uno de mis más queridos edenes se extendía cristalino hacia el horizonte, engañando a la vista. Era aquel olor mágico, ese aire caliente y constante que azotaba mi piel desnuda, el que conseguía transportar mis sentidos hacia las nubes, que de vez en cuando eclipsaban aquel intenso sol.

Cerré mis ojos e inhalé una profunda bocanada de aquel olor salado y profundo. Pausadamente caminé hacia la orilla, casi hipnotizada por el canto de las olas. Mi piel se iba estremeciendo a medida que me adentraba en aquella agua azulada, que se perdía en el océano.

Al volver a abrir los ojos encontré el horizonte, lejano y distante, delimitado por aquel sol que perdía fuerzas a medida que la noche le obligaba a descender. Sentí como fluía en mí, como el agua rodeaba mi cuerpo por completo.

Mis manos se elevaron y sentí como el agua salada corría por mi piel, con mis brazos ahora alzados al cielo noté el agua acariciando mis venas. Me sentí libre. Me sentía viva

Volví a bajar mis brazos, introduciéndolos de nuevo a aquella gran corriente salada. Lentamente mi cabeza fue sumergiéndose en el agua, tan tranquila y sosegada. Cuando ya estaba completamente dentro abrí los ojos.

El mar me mostraba una serie de formas. Los contornos eran de humo, se balanceaban escapándose por los bordes de su límite. Mas allá solo se veía una tela compacta de oscuridad. Intenté bucear hacia ella, pero cada vez que me acercaba, esta estaba más alejada de mí.

Entonces advertí que los pulmones me quemaban. Abrí la boca sin intención de consumir oxigeno, pues allí mismo sentía que no necesitaba ni aire. Lentamente me fui desvaneciendome en el abismo, sintiéndome débil y etérea mientras aquellas corrientes me arrastraban a un vaivén infinito. Antes de que mis ojos se cerraran en lo que me pareció un tiempo infinito, le vi.

A días de hoy tan solo recuerdo sus ojos. Aquellos que se clavaron en los mismos, dándome esperanza, contagiados del color verde de las algas. También recuerdo sus dulces labios, que me inyectaron aquel aire que me devolvió a la vida. Y también lo que creí haber imaginado antes de verle marchar, una cola larga. De pez.

Después me encontré entre la soledad de una playa demasiado vacía y silenciosa, abrumada por mi inconsciencia, por el acto irracional que acababa de cometer. Preguntándome si tan solo lo había imaginado todo.

Y ahora, después de tantos años, aun le recuerdo. Una ilusión salvadora, un sueño quizás, demasiado real. Un sireno que me salvo la vida.

El mar ruge a mis pies. Desde las rocas alcanzo a ver aquel sol que deje atrás hace tanto tiempo. Todo seguía igual que aquel día. Me levanté dispuesta a no creer por un minuto más aquella cosa que parecía tan irremediablemente real, cuando algo emergió de entre las olas.

Una cola. De pez. Sonreí.

Y es que a veces las cosas que nos parecen más irreales suelen ser las más verdaderas. Cierra los ojos e imagínalo. Tal vez sea cierto.

1 comentario:

p. Yulep Rikschîjin *live* dijo...

te pido que me te agregues. Debemos ver maravillas.
No pienso pedir disculpa si solo por ultimo te digo que es buen aire lo que tejen tus palabras, y me encantan, gracias...
hasta pronto